viernes, 24 de noviembre de 2017

Manuel Azaña según Santos Juliá


Azaña joven

Para Santos Juliá –y no será el único- releer a Azaña es un placer, pues “decía el castellano maravillosamente”, como nadie, al tiempo que nadie ha tenido tanta contención en sus discursos, y así es más fácil entender la conmoción que experimentó Amadeu Hurtado[1] cuando Azaña cerró su intervención parlamentaria sobre el estatuto de Cataluña: “saludar jubilosos a todas las auroras que quieren desplegar los párpados sobre el suelo español”; también María Zambrano se emocionó recordando a Azaña cuando, en Valencia, avanzada la guerra, este había dicho: “Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mi no”.

Azaña –dice Santos Juliá- creó una política a partir de saberes, de lecturas y de voluntad, lo habló todo y en él se resume el ideal reformador de la tradición liberal española (liberal aquí no en el sentido económico, sino en el amor por la libertad para que todos pudiesen disfrutar de ella y conseguir sus legítimos objetivos). Nuestro hombre se empeñó en el envío incesante de mensajes al Comité de Londres y a la Sociedad de Naciones para que se comprendiese que la guerra de España tenía un componente internacional que arrastraría a toda Europa; pero al mismo tiempo en Azaña se han visto sus advertencias de que no se trata de exterminar al enemigo, sino de conseguir vivir juntos aunque con intereses distintos, incluso antagónicos.

Por eso se dice que en muchas ocasiones invocó la paz, y todo ello se le pagó siendo el que más saña sufrió tanto durante su ejercicio político como por parte de los vencedores en la guerra durante décadas. Hasta después de su muerte siguió un proceso abierto y se multó a sus descendientes con cien millones de pesetas impuestas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Cuando joven militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez y compaginó esto con su paso por la Academia de Jurisprudencia y el Ateneo de Madrid, pero en torno a 1923 sintió la frustración de ver que aquel partido no era lo que él ambicionaba para España. De él se ha dicho que, en esa época, había sido un “señorito benaventino”, pero Santos Juliá desecha esta idea recordando al doctorando a partir de las clases de Giner de los Ríos, y se empapa de autores franceses en un momento en que observa que ha aparecido la masa como sujeto de la historia.

Pero su labor intelectual había comenzado mucho antes, pues en 1903 comenzó su primera y fallida obra “La aventura de Jerónimo Garcés”, en la que se trasluce la herida profunda de la muerte de su madre. Luego vendrían “El jardín de los frailes” y “La velada de Benicarló”. Solicitó y consiguió una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios yéndose a París para pasar unos meses y frecuentar la biblioteca de Sainte Geneviève, enviando artículos a España. Pero en política él mismo se tildó de “reformista indolente”, lo que Santos Juliá desmiente, pues nos ha dejado mucho sobre el problema de España, los orígenes de su decadencia, los caminos para su retorno a la corriente general de la civilización europea. Así, se remontó al Siglo de Oro y llegó a la conclusión de que la nación es una “invención” moderna y que las raíces de la modernidad española no había que buscarlas en aquel “siglo”, sino en la España de Alfonso XI (será porque consideró la importancia del “Ordenamiento de Alcalá” -1348- verdadero compendio legislativo para la Corona de Castilla). En esto no se diferencia de sus predecesores de la generación del 98, que hicieron hincapié en el papel hegemónico de Castilla en la construcción de España.

Propugnó alejarse del “nacionalismo de tizona y herreruelo”; consideró que la España de los Austria fue una distorsión de la historia, y que la revuelta comunera fue la primera revolución moderna, en lo que coincide Tierno Galván.

Azaña, según Santos Juliá, fue un francófilo jacobino que simpatizó con los aliadófilos durante la primera gran guerra, pero no participó del centralismo de los revolucionarios franceses: rechazó el modelo jacobino cuando se discutió el Estatuto de Autonomía de Cataluña, el primero. Nuestro autor, por otra parte, fue capaz de abarcar una enorme variedad de temas objeto de sus inquietudes intelectuales y políticas, por lo que nada que ver con el “gris y rencoroso funcionario” que algunos le han atribuido desde posiciones cercanas al odio o al desprecio.

Los opositores que han acusado a Azaña de “golpista y revolucionario” no han podido aportar ni una sola prueba de lo primero, y dan a lo segundo un significado peyorativo que no tiene objetivamente hablando. Fue Azaña revolucionario en la medida en que pretendió revolucionar instituciones como el ejército atrasado y adoctrinado de España, que pretendió descentralizar el poder, que pretendió ahondar la democracia hasta niveles desconocidos en España entonces.
En cuanto a sus relaciones con el Presidente Negrín, desde que este dirigió el esfuerzo de guerra contra los militares golpistas y sus seguidores, cada uno tuvo su personalidad, más realista la de Azaña, más idealizada la de Negrín, que no obstante quiso buscar la paz de forma honrosa sin conseguirlo. Cuando se recorren los discursos y diarios, además de las entrevistas con embajadores y periodistas, vemos a Azaña –dice Santos Juliá- que no fue “prisionero de Negrín”, pero sí hombre que, conocedor de la situación de la República durante la guerra, quiso ahorrar sufrimiento a su pueblo y pronunció postreramente aquellas palabras que le sitúan entre los justos: “Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, [el subrayado es mío] sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por una ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.


[1] Político de formación jurídica autor de un discurso en 1933 cuyo título es “La intervención del estado en nuestro régimen de autonomía”.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Melilla y el Rif

Paisaje rifeño


Francisco Saro Gandarillas[1] considera que las campañas militares llevadas a cabo por España en el norte de África, durante el primer tercio del siglo XX, han tenido una decisiva influencia sobre la ciudad de Melilla, puerto y base de aquellas campañas, pues no existía otro puerto practicable entre Nemours (Argelia) y Ceuta. Los intereses de Francia y de otros estados como Reino Unido y Alemania hicieron el resto. Melilla fue “peldaño inevitable” en la escalada política, diplomática y militar hacia la intervención y el origen de los hechos acaecidos en julio de 1909.

Hacia 1860 Melilla, más bien una plaza militar, fue centinela avanzada en el Magreb y a la vez presidio. Con motivo de la campaña de Tetuán (1859-60) se produjo un cambio significativo en las expectativas de la ciudad, pues ratificado el tratado de paz con Marruecos (1860) volvieron a poder de España los antiguos fuertes perdidos a finales del siglo XVII. El territorio conseguido tuvo que ser ocupado y, para contribuir a ello, se aprobó una ley en 1863 declarando a la ciudad puerto franco, lo mismo que Ceuta y Chafarinas, y en 1872 Peñón de Vélez y Alhucemas. Se permitió el acceso a Melilla a todo tipo de población, incluso extranjera, que se dedicara al comercio. Así varió el número de habitantes (en 1863 podía haber unos 400 además de la guarnición y en 1893, 3.031) en un territorio de 12 kilómetros cuadrados.

Los recién llegados fueron sobre todo hebreos procedentes de Tetuán y su tierra, que habían sido represaliados por las autoridades marroquíes tras la guerra de 1860 por su colaboración con las tropas españolas. Estos hebreos pusieron en marcha un comercio antes inexistente de importación y exportación, no obstante los inconvenientes de una plaza militar que actuó de freno, pues estuvo casi en constante estado de guerra. Melilla contaba entonces con una pequeña guarnición militar y, sobre todo, la inseguridad jurídica retraía sobre la propiedad, entregada a censo, retraía a muchos. De todas formas se hundió el pequeño comercio que Francia llevaba a cabo y Melilla fue acaparando el comercio desde el Tafilat[2], por el valle del Muluya[3], hasta Uxda[4] y el Dahra[5].

En 1875 el total de mercancías entre importaciones y exportaciones llegó a 1.534 toneladas y a finales de los años ochenta el comercio de Melilla se iba extendiendo hacia el este y sur marroquí, hasta sobrepasar la zona de Uxda, Beni Mathar[6] y el Dahra, quejándose los franceses de que Melilla acaparaba el comercio al este del Muluya, mientras que los españoles consideraban que era Argelia la beneficiaria. Así se llegó a un convenio suscrito con Marruecos en 1894 por el que se ponía fin al conflicto conocido como guerra de Margallo, nombre del gobernador de Melilla que se ocupó de la lucha contra las cabilas entre 1893 y 1894.

Como queda dicho había un rival del comercio melillense en Argelia, pero una vez que se repatriaron las tropas que habían actuado en Melilla en el conflicto de Sidi Guariach[7] en 1894, el comercio volvió a crecer y luego se expulsó a buena parte de la gente que se consideró maleante. Volviendo al comercio, los productos procedentes de España apenas contaban en el total, pues no podían competir con los extranjeros, pues las comunicaciones con la península eran escasas e inestables, mientras que aquel estaba en buena medida en manos hebreas, que comerciaban con Francia y Gibraltar. No obstante el comercio español creció bastante desde 1893 y, de forma muy genérica –dice el autor citado- y con variabilidad según los años, el comercio por Melilla era en un 40% procedente de Francia, un 35% de Inglaterra, un 15% español  y el resto de otros países incluido Marruecos. A esto contribuyó el aumento de la guarnición española, que de 1.560 hombres que había en 1893, pasó a 2.446 desde el momento en que se creó el nuevo regimiento de infantería de Melilla, lo que trajo consigo un aumento de los ingresos fiscales.

Al dar comienzo el siglo XX empezaron las dificultades para Melilla, ya que su comercio acaparaba todo el comercio desde el Tafilalt (al este del actual Marruecos) y por el valle del río Muluya; incluso Uxda, ciudad en la frontera argelina, recibía la mayor parte de sus productos de Melilla: las cabilas cercanas a Argelia preferían dirigirse al mercado melillense a pesar de que debían atravesar territorios de otras cabilas que exigían el pago de “zettat” (peaje) en lo que demostraban la nula conciencia nacional que tenían.

En 1893 hubo un intento de convertir la ciudad argelina de Marnia en una nueva Melilla, pero sin resultado y en 1896 una franquicia para mercancías en tránsito hacia Marruecos y los oasis saharianos de azúcares, cafés, tes y alcoholes para perfumería y farmacia quiso combatir el casi monopolio melillense en la zona. En  1899 las Cámaras de Comercio de Argel y Orán dieron la voz de alarma y se intensificó el trabajo de explotadores franceses en Melilla para observar lo que procedería hacer por parte de Francia, cuyos precedentes estaban en Duveyrier, explorador y geógrafo del Sahara; Moulieras, estudioso de los habitantes y costumbres de la zona y otros. Así, en 1901 las Cámaras francesas aprobaron la creación de “depósitos francos” en Marnia y Beni Unif, primer paso hacia un desplazamiento del comercio a favor de los intereses franceses.


[1] “Los orígenes de la Campaña del Rif de 1909”.
[2] Región y oasis mayor de Marruecos, hoy al este del país.
[3] Con más de 500 km. de longitud, nace en el Atlas Medio y desemboca en el Mediterráneo.
[4] Al nordeste del Rif, en el interior, hoy es una aglomeración importante de habitantes.
[5] En la costa argelina.
[6] En el extremo nordeste de Marruecos actual, pero no en la costa.
[7] En el contexto de la guerra de Margallo, donde al servicio de España lucharon convictos entre otros.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Comerciantes genoveses en Granada



Huéscar (Granada)

Entre Ronda, Osuna y Córdoba, el campo de Montiel, Jumilla y el puerto de Cartagena, se desenvolvió, durante la Edad Moderna, un importante tráfico comercial cuyos protagonistas fueron genoveses y otros italianos, formándose verdaderas dinastías de comerciantes que tuvieron como centro la ciudad de Granada, pero también la villa de Huéscar, en el extremo norte de la actual provincia.

El tema ha sido estudiado por Rafael María Girón Pascual[1] en su tesis doctoral, donde se pone de manifiesto que no toda la colonia que se entendía por genovesa estaba formada por naturales de la ciudad ligur, sino que también había lombardos y de otros lugares de Italia, aunque la mayoría sí fuesen genoveses. No todos los que residieron en el Reino de Granada fueron mercaderes, a donde llegaron a partir de los puertos de Cartagena y Alicante o mediante la costa granadina; muchos eran criados, artesanos o de otros oficios, pero muchos se naturalizaron españoles cuando comenzaba el siglo XIX.

Uno de los pertenecientes a una importante familia de mercaderes se afincó en la villa de Torvizcón, cerca de la costa, a finales del siglo XVII y otros se dedicaron a la medicina, el derecho y la política, sobre todo a partir de 1875. Otro fue platero, que emparentó con farmacéuticos, médicos, literatos e historiadores, pero la mayoría fueron mercaderes siguiendo la tradición comercial de Génova, que se remonta a la Edad Media y que abarcó las actividades financieras. Un memorial de 1575 habla de 25 casas de genoveses en Granada, en las que vivirían doscientas personas que comerciaban con sedas, lanas, especias, paños, lienzos, ganados y otras mercaderías. El mismo documento habla de los que estaban avecindados y solo eran ocho, uno de ellos “veinticuatro”; se trataba de grandes mercaderes que aparecen repetidas veces en la documentación consultada por el autor.

La lana tenía como principal destino Italia y los protocolos notariales han suministrado datos sobre el comercio de este producto y el azúcar, sobre todo en Huéscar y Granada, pero también en Toledo, Madrid y Cartagena. Operaban de seis a doce compañías al año y todas ellas importaban productos manufacturados –armas, quincalleria, clavazón- paños y lienzos de Francia e Italia, papel, tintes, etc., utilizando también todas ellas cédulas, letras de cambio y préstamos dinerarios. Los dueños de estas compañías fueron emparentándose entre sí, habiendo alcanzado la consideración de “nobleza nueva” que da la riqueza.

Una de las familias más ricas fue la de los Mayolo, por lo menos entre 1565 y 1600, que enviaban grandes cantidades de lana a Italia por los puertos de Cartagena y Alicante. Los Mayolo habían sido artesanos de seda en Génova y uno de ellos llegó a ser “veinticuatro” de Granada, casándose con una morisca que pertenecía a la familia de los marqueses de Campotéjar. Los Mayolo en Génova tuvieron un dogo en la ciudad y su comercio se extendió a Amberes y Madrid, encontrándose también mercaderes de esta familia en Cartagena. Los Mayolo no se mezclaron con la “elite” granadina y casi todos sus miembros volverán a Genova.

Otros son los Venerolo y los Levanto, los primeros los más emparentados de entre los genoveses de Granada, extinguiéndose a finales del siglo XVII. Llegaron a Granada en 1563 y más tarde formaron su compañía, que tuvo contactos comerciales con Amberes, sobre todo en lana, pero luego en azúcar y finanzas. Uno de ellos fue caballero “veinticuatro” y se casó con una noble granadina de los futuros condes de Arco. Entre sus estrategias estuvo conseguir casi el monopolio de los lavaderos de lana de Huéscar.

Los Levanto fueron de menor categoría que los anteriores, levantando una empresa que tuvo importancia en el segundo cuarto del siglo XVII. Emparentaron con los Franquis, exportadores de lana, que tuvieron su momento de gloria a principios del XVII; ennoblecidos y españolizados como señores de Zehel y finalmente condes del Castillo del Tajo, se extinguirán en el siglo XVIII con el obispo de Málaga, Juan de Franquis Lasso de Castilla (1755-1774).

Entre los Adorno –otra dinastía genovesa- uno fue embajador en Madrid y sus ascendientes habían heredado una gran fortuna a partir del comercio con Granada. Económicamente muy por encima de los Mayolo o de los Veneroso, uno de ellos fue asentista del rey, interviniendo en el azúcar de la costa granadina; otro emparentó con los Brignole Sale, al casarse con la hija de un embajador Brignolo, hijo del dogo de la República de Génova entre 1635 y 1637. Estos Brignole tejieron una red comercial en media Europa, formando compañía, uno de ellos, con un mercader veneciano que lavaba su lana en Villanueva de la Fuente[2], junto a Alcaraz.

Estos comerciantes contaron con factores y apoderados, criados y allegados, creándose entre aquellos una endogamia que llegó a formar albaceazgos y padrinazgos, pero no solo genoveses, sino que Girón Pascual ha estudiado también los casos de mercaderes milaneses oriundos de la ciudad de Como, que tuvieron sus intereses en el azúcar, especialmente en uno de los ingenios de la villa de Adra a finales del siglo XVI. Otros comerciaron oro, hilado, sedas y armas, teniendo alguna de estas familias milanesas intereses en Toledo y Huéscar, españolizándose algunos e integrándose en las “elites” granadinas y manchegas.

Ya hemos citado algunas localidades como Granada y Huéscar, pero también en Motril, Almuñécar, Adra, Ronda y Vélez Málaga hubo mercaderes genoveses. En Rodalquilar (sureste de la actual provincia de Almería) hubo una familia genovesa que se interesó por el alumbre (sulfato que contiene aluminio entre otros metales).

Como cabría esperar, muchos de estos comerciantes defraudaron impuestos y practicaron el contrabando a gran escala, sin lo cual sus ganancias no hubiesen sido tantas, teniendo relaciones con los linajes avecindados en los reinos de Murcia y Valencia (puertos de Cartagena y Alicante). En el reino de Jaén, la pañera ciudad de Baeza tuvo una colonia genovesa dependiente de la granadina y en Córdoba también estuvieron varias familias genovesas en contacto con los de Granada. Los de Sevilla también estuvieron en comunicación con los de Granada, pues aquella tenía uno de los mayores puertos de Europa y era una plaza financiera de primer orden desde donde se giraban letras y cédulas en competencia con Medina del Campo y Madrid. La feria de Medina estuvo en contacto con los genoveses de Granada y, en ocasiones, se necesitó de los madrileños para atender a los pleitos ante el Consejo de Castilla o para el pago de impuestos por la exportación de lana.

La importancia de Granada para estas familias genovesas es que era sede de una Capitanía General y tenía desde antiguo un tribunal de justicia, la Real Chancillería (antes en Ciudad Real). Allí gestionaron procuradores, abogados, receptores, casi todos de origen judeoconverso, porque los comerciantes genoveses pleitearon mucho con su función de prestamistas de dinero a cambio de productos hechos, en su gran mayoría adelantado.


[1] “Las Indias de Génova. Mercaderes genoveses en el Reino de Granada durante la Edad Moderna”, 2012.
[2] En el extremo sudeste de la actual provincia de Ciudad Real. Alcaraz se encuentra al oeste de la de Albacete. En Alcaraz, desde la Edad Media se bataneaban los tejidos para una industria textil.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Visitadores-párrocos en Baviera

Imagen antigua de Passau (sureste de Alemania)


Durante el segundo imperio (1871-1916) se dio en Baviera una lucha por el control de la enseñanza. En un lado estaba el clero, particularmente los párrocos, que tenían como misión visitar las escuelas para examinar a los alumnos y profesores (a los mismos centros escolares) una vez por año. Marcelo Caruso[1] ha estudiado este asunto poniendo de manifiesto lo que esto tenía de perjuicio para una educación renovadora y creativa, pues los párrocos exigían una educación memorística y ponían el acento en el orden tradicional que debía haber en las aulas y en las escuelas.

Pero esto contó con una oposición creciente por parte de los maestros y educadores. En el año 1896, durante la XII asamblea general de la Asociación de Docentes en la ciudad de Munich, Lochbrunner ofreció a sus colegas “una ocasión de algarabía”, explicando el resultado de sus anotaciones, años atrás, sobre una escuela conventual, en la que una alumna, teóricamente, había explicado la diferencia entre un cisne y un mirlo: este último “entonó su himno del atardecer en las matas vecinas. A la escucha, el cisne tornó su cuello. ¿Pero podrá entonar? ¡Inútil espera! ¡No hay una sola canción en ese pecho átono!”. En realidad se trataba de un dictado copiado por la alumna sin una mínima exigencia de creatividad por su parte.

Hubo incluso formularios de visitación, por lo que la misma estuvo institucionalizada desde 1802, a partir del decreto de obligatoriedad escolar homogeneizada, que fue derogado en 1918 y su curriculum en 1926. En realidad se trató de una lucha por el poder en la escuela, pues esa inspección eclesiástica observaba los contenidos, las formas, el orden externo de cuadernos y aulas. Las bases de este control fueron definidas en 1808, donde los párrocos tenían la misión “visitadora” como complementaria a la pastoral. Debe tenerse en cuenta que, entonces, Baviera era un estado mayoritariamente católico y agrario, extenso y con la población dispersa. Los inspectores de distrito y locales, verdaderos jefes de los docentes –dice Marcelo Caruso- establecieron un engranaje poderoso para la reforma social de unas comunidades campesinas atrasadas a ojos de los ilustrados.

Estos inspectores tuvieron un mandato explícito y el personal eclesiástico tenía capacidad para implementar la nueva pedagogía pestalozziana, de mejorar la didáctica del cálculo y de fortalecer el vínculo racional con los dogmas de la religión. En realidad, las normas establecidas en 1808 revitalizaron una instrucción que venía de antes. Los visitadores párrocos preparaban un informe preliminar sobre los útiles y los muebles de la escuela, tomaba nota de las quejas recibidas, intentaba producir un saber continuo sobre el estado de las escuelas, todo lo cual estaba asociado al examen final exigido por el estado para poder casarse, ejercer una serie de oficios y heredar. Las preguntas del examen consistía en una serie de preguntas y recitaciones para producir una comunidad cristiana y leal al rey, sin que se pudiese cuestionar las dos formas de autoridad que encarnaba el párroco-visitador: la sociopolítica y la de las “apariencias” en la escuela.

Las visitaciones decidían la nota que el docente y la escuela merecerían en un tipo de enseñanza homogeneizada y memorística, muy criticada por los renovadores de la época, entre los que se encontraron docentes, como por ejemplo Geord Heydner. Contrariamente, muchos maestros prepararon a los alumnos de acuerdo con “lo que quiere mi visitador” y los documentos de la época permiten ver que de la enseñanza era mecanizante, lo que fue comentado con amargura por el docente Conrad, en la ciudad de Kitzingen (Baja Fanconia) y otro ejemplo de opositor a ese método fue Eugenio Leipold.

Para la llegada del visitador se limpiaban las escuelas, lo que tiene que ver con esa ritualización de la que habla Caruso, pero, como queda dicho, hubo modernizadores que se opusieron a este tipo de control. La maestra María Müller ha relatado en su biografía novelada una visitación de comienzos de la década de 1870: “Comenzó el examen. El señor director lo hizo a su manera, yendo de un objeto a otro… Mientras el Director controlaba los libros, los materiales para escribir e iba por las hileras de bancos, el docente le dijo al párroco con evidente desaprobación, ‘qué tipo de examen es ése…”, dirigiéndose luego al púlpito y anunciando a los alumnos que todo era muy satisfactorio.

De 17 planes de estudios regionales que fueron aprobados entre 1862 y 1913, en 16 de ellos se diferenció entre “reglamento escolar”, esto es, los aspectos organizativos de la escuela ordenada, y el “reglamento de enseñanza”, esto es, la apreciación crítica y mejora de los métodos de instrucción. A pesar de que las críticas hacia los inspectores se repitieron porque “el contenido, no el niño, continúa estando en el centro de los exámenes”[2], la lucha tuvo que continuar, hasta el punto de que el alcalde de Passau (Baja Baviera), informó en 1871 al ministerio de que había visitado las escuelas de su competencia y había encontrado oposición en la renovación de la enseñanza y de los exámenes por parte de los párrocos, que alegaron “no se podía hacer nada”.

Munich fue la primera ciudad en derogar el carácter público del examen (otra teatralización), y el primer director laico de educación de la ciudad, el docente Georg Marschall, solicitó la derogación de ese examen ante la oposición de los párrocos. Muchas otras ciudades, entonces, pidieron la derogación total o parcial de esa ceremonia y el director de la escuela Rosenheim (Alta Baviera) se entusiasmó por el retroceso de ese influjo “nocivo” para la instrucción.


[1] “Luchas por el poder ritual…”.
[2] Frase de Heydner en Nüremberg hacia 1900.

viernes, 10 de noviembre de 2017

La industria de paños en Béjar

http://ccasconm.blogspot.com.es/2008/12/los-maestros-flamencos.html


El río Cuerpo de Hombre, que pasa por Béjar, es afluente del Alagón y este, a su vez del Tajo. El primero recorre varios paisajes desde su curso alto, con nieves durante varios meses al año, vegetación herbácea y arbórea, parameras y praderías. Sus aguas parecen reunir propiedades extraordinarias para el lavado y tratamiento de las lanas que luego se transformarían en paños bastos y refinados en la villa de Béjar.

La industria lanera de Béjar asistió –dice Rosa Ros Massana[1]- a lo largo del siglo XVIII, a un proceso de crecimiento de la producción, la especialización en paños de calidad y a la concentración de la producción. Papel importante en esto, aunque no todos los autores están de acuerdo, tuvo la casa ducal de Béjar[2].

La autora se ha basado, para su estudio, en las transcripciones de documentos que han hecho otros historiadores, en los datos aportados por Larruga[3], en el catastro del marqués de la Ensenada y otras. Hoy se dispone de datos sobre el número de telares, aunque la autora duda de la fiabilidad de algunos de ellos: entre 1728 (70) y 1761 fueron en aumento solo desde 1730, para disminuir en 1753 y volver a aumentar en 1761 (172). En cuanto al número de fabricantes, entre los mismos años, eran 30 en el primero y 77 en el segundo. Hay otros estudios por los que conocemos la industria de paños en Segovia y Guadalajara, Alcoy y Cuenca.

Larruga informa de que en 1782 la fábrica de Diego López obtuvo el título de Real y la Junta de Comercio permitió a este fabricante reunir dicho “oficio” con el de tintorero y poseer tinte propio, eximiéndolo del monopolio que disfrutaba la casa ducal (la fabricación de tinte se remonta en Béjar al siglo XVI). López llegó a tener 34 telares y dar trabajo, incluidas hilanderas, a unas mil personas.

Ya a fines del siglo XVII llegaron a Béjar maestros flamencos, en 1718 se redactó el primer reglamento para la fabricación de paños y en 1724 se publicaron las primeras Ordenanzas, y a mediados del XVIII la fabricación de paños bastos casi había desaparecido para dedicarse los industriales a los finos, pero se conoce poco sobre los mercados a los que iban destinados, aunque sobre todo al madrileño. En 1720 se abrió una lonja en Madrid, pero su vida fue corta debido a las presiones del gremio de comerciantes de la Corte. También se sabe que el ejército fue cliente de los productores bejaranos.

Las causas de la expansión de la industria pañera de Béjar –según la autora citada- son los factores de localización, la disponibilidad de lana por la importancia ganadera de la zona, la pureza del agua de los cursos fluviales y la abundante oferta de trabajo. El crecimiento de la pañería fue financiado por la casa ducal de Béjar, ya por la fabricación directa por su parte, como por los privilegios fiscales (exención de alcabalas), el control del tinte y la aportación de conocimientos técnicos que aportaron los maestros flamencos que fueron llegando.

Es curioso que pervivan –como en otros casos- el régimen señorial y la industria precapitalista, lo que llevó a una serie de conflictos entre las exigencias de la casa ducal para mantener sus privilegios y los fabricantes que habían de pagar alcabalas en el momento de la producción. La distribución de la población ocupada por sectores, en Béjar, pone de manifiesto la particularidad de esta villa, aunque en los datos que aporta la autora no estén, como ella misma advierte, las mujeres, que se empleaban sobre todo en la hilatura. El sector primario agrupaba al 17,4 por ciento de la población ocupada, mientras que el sector secundario al 62,6% (670 individuos, de los que 545 en el textil); el sector terciario agrupaba al 20% (215 individuos de los que 132 eran clérigos). Esta situación es excepcional en la Castilla del siglo XVIII, pues si se compara con el caso de Segovia, que superaba ampliamente a Béjar en cuanto al número de individuos dedicados al textil, el porcentaje era 37%.

En cuanto a oficios dentro del textil, la pañería fina agrupaba al 92,9% (509 individuos, de los que 227 eran tundidores y 102 bataneros), mientras que a la pañería basta solo estaban dedicados 12 individuos (el 2’2%) y la confección el 3,3%. La casa ducal de Béjar sí representó un papel importante como impulsora de la industria textil a finales del siglo XVII y primer cuarto del XVIII, pero a partir de entonces su papel fue más bien de intercesora en la Corte para favorecer a los paños bejaranos. Las motivaciones de los duques para actuar de aquella y esta manera no fue tanto el tener una mentalidad capitalista, sino el paternalismo propio de señores feudales. De todas formas la composición de los ingresos de la casa ducal en la época estudiada (mediados del XVIII) era como sigue: el 59,3% por medio de las alcabalas, que como se ha dicho se cobraban al producir los paños[4], y el 19% las instalaciones textiles, teniendo mucha más importancia el tinte que el batán. El tinte era en este tiempo administrado directamente por los duques en régimen de monopolio.

Los fabricantes solían falsear el número de varas de cada pieza fabricada para pagar menos alcabala, por lo que la casa ducal impuso –con no pocos conflictos- que se pagase por pieza, independientemente de las varas que midiese. Los conflictos a los que se hace mención se dieron sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, prueba quizá del cambio de mentalidades que se estaba operando entre la gente común. Aquella imposición de los duques constituyó un agravio comparativo respecto a los productores de las villas de realengo, pues los fabricantes de Béjar, además de pagar a los duques debían también satisfacer la alcabala real. Cuando durante el reinado de Fernando VI se liberalizaron las alcabalas, los de Béjar se negaron a pagar a los duques, por lo que la Junta de Comercio acordó que dicha liberalización no afectaba a las alcabalas que estaban enajenadas en personas privilegiadas por ello (1753). Ello motivó un nuevo conflicto entre los fabricantes y el duque en 1755, pero también es posible –dice la autora- que parte de la producción escapase del registro llevado en el Libro de la Real Fábrica.

Si se compara la producción de diversos centros pañeros a mediados del XVIII, se ve que Béjar está muy por debajo de Segovia, Alcoy o la zona de Terrasa (5.231, 4.500 y 3.391 piezas respectivamente), pero superaba a la zona de Igualada (1.295 piezas) mientras que Béjar producía 2.409 piezas. La distancia con respecto a las tres localidades citadas antes se agranda si se tiene en cuenta el número de varas de las piezas: Béjar, 86.724, mientras que Segovia 188.336 y Alcoy 162.000.


[1] “La industria lanera de Béjar a mediados del siglo XVIII…”.
[2] Los titulares en la época estudiada fueron Juan Manuel López de Zúñiga y Castro, Joaquín (mismos apellidos) y María Josefa Pimentel y Téllez-Girón.
[3] “Memorias políticas y económicas sobre los frutos…”, obra publicada a finales del siglo XVIII. Larruga, nacido en Zaragoza en 1747, estudió leyes y teología, pero dejó la carrera eclesiástica en 1778.
[4] En los pueblos de la tierra de Béjar la alcabala estaba encabezada, es decir, los obligados a satisfacerla pagaban una cantidad fija. En Béjar, salvo la alcabala que gravaba la producción de paños, era un impuesto indirecto, es decir, se pagaba al consumir el producto de que se tratase.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La guerra campesina en Alemania



Engels considera que cuando se produjo la gran revolución social y religiosa en la Alemania del siglo XVI, la nación se dividió en tres campos: el católico o reaccionario, el luterano, burgués y reformista y el revolucionario. Como Alemania estaba dividida en múltiples estados, la respuesta en este conflicto se produjo de diferentes maneras, siendo así que los historiadores de la época consideraron que el problema era teológico. Engels, como socialista que es, dice que, en realidad, el conflicto fue por intereses materiales, aunque estuviese revestido del signo religioso.

La Edad Media fue una ruptura con la antigüedad y un empezar de nuevo, siendo así que la Iglesia obtuvo el monopolio de la instrucción y todas las ciencias estaban ligadas a la teología. Incluso el autor citado considera que las herejías medievales fueron la respuesta al feudalismo opresor, como es el caso de los albigenses, Arnarldo de Brescia, que combatió el poder temporal de la Iglesia y condujo a la proclamación de una república romana desterrando al papa. En general la pequeña nobleza se solidarizó con la herejía, porque en su faceta social servía a sus intereses.

Las herejías, según Engels, pedían la instauración de la igualdad cristiana para la sociedad entera, y esa igualdad no solo en cuanto a derechos, sino de las haciendas y de la riqueza. De esta manera, Juan Ball, el predicador de la sublevación de Wat-Tyler[1] en Inglaterra (1381), explicó la necesidad de acabar con la servidumbre; Wycliff, por su parte, fue un teólogo que fundó el movimiento de los lolardos, precursores de la reforma de la Iglesia, y para todos ellos las fantasías quiliásticas del cristianismo primitivo ofrecían el punto de referencia oportuno: el ataque contra la propiedad privada por medio de la organización de la caridad.

Ya en el siglo XVI, el mismo Lutero consideró tan injusta la desigualdad entre los hombres que predicó “atajarla por la violencia… ¿No castigamos a los ladrones con espada, a los asesinos con garrote, a los herejes con el fuego? Por que no los atacamos [al papa, a los obispos y cardenales] con toda clase de armas y lavamos nuestras manos en su sangre?”. Algo muy distinto a lo que, cuando los campesinos y plebeyos se levanten aprovechando la crítica que Lutero hace a la Iglesia, dirá: “No quiero que el Evangelio se imponga por la violencia y vertiendo sangre. El mundo fue ganado por la palabra, la Iglesia por la palabra fue instituida y por la palabra renacerá…”. Cuando Hutten le invitó a él y a Sickingen[2] al castillo de Ebernburg[3], que era el centro de la conspiración de la nobleza contra los curas y príncipes, Lutero ya tenía otra opinión sobre la violencia campesina.

Por tanto –dice Engels- cuando Lutero tiene que escoger entre la revuelta campesina, sobre todo para librarse de la opresión, y el apoyo de los caballeros y cierta nobleza, partidaria de sus reformas religiosas, lo hizo a favor de estos últimos, por eso el autor dice que Lutero representa la reforma “burguesa”, no la revolución proletaria, criticando la Confesión de Augsburgo, donde se expusieron los principios del luteranismo, y que Engels considera una componenda tras intrigas y concesiones (1530).

La mayoría de las ciudades aceptaron la reforma luterana y también una parte de los príncipes, en unos casos porque servía a sus intereses, que consistían en quedarse con los bienes de la Iglesia (estos últimos) y librarse de los pagos a Roma (las primeras). Pero al mismo tiempo algunas ciudades se apartaron del movimiento luterano cuando vieron que no era lo radical –en lo social- que inicialmente parecía, y así mismo los campesinos y plebeyos, en lo que Engels ve la diferencia entre el Escila de la revolución y el Caribdis de la restauración, en alusión a los personajes de la mitología griega. Lutero, según Engels, siguió el modelo no revolucionario y, decepcionados muchos de condición humilde, le apedrearon en Orlamünde (Turingia, al este de Alemania).

De todas formas la insurrección se extendió rápidamente y en la misma Turingia, donde vivía Lutero, establecieron su cuartel general los más decididos insurgentes capitaneados por Münzer. Y tal violencia adquirió la guerra campesina que Lutero llegó a clamar para que se despedazase a las turbas, “degollarlos y apuñalarlos, en secreto y en público”. A tal punto Lutero había sido cogido en medio de una guerra social cuando él solo había pretendido una reforma religiosa –radical, eso sí- de la Iglesia y de la teología.

(Fuente: “La guerra de los campesinos en Alemania”).

[1] Ball fue sacerdote, pero Tyler era hijo de un tejedor, sin que se sepa gran cosa sobre él salvo el protagonismo que tuvo en las revueltas campesinas en el sudeste de Inglaterra.
[2] Hutten fue un caballero y humanista alemán y Sickingen fue otro caballero que luchó a favor de la secularización de los bienes del clero.
[3] Al oeste de Alemania.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Alemania en época de Lutero

Catedral de Erfurt


La industria alemana había adquirido notable desarrollo, dice Engels en una de sus obras[1], pero debemos entender que no se trata de industria en un sentido moderno, ni concentración obrera, ni concentración de capital, ni producción masiva, ni utilización de máquinas sofisticadas. Pero los gremios de las ciudades habían sustituido la industria feudal que producía solo para mercados reducidos. El arte de tejer paños se había generalizado en Augsburgo y el arte tenía su principal clientela en el lujo eclesiástico, por lo que abundaban los plateros, joyeros, escultores, tallistas, grabadores, armeros, medallistas y torneros.

Una serie de inventos vinieron a revolucionar esta industria, como la pólvora y la imprenta, lo cual hizo que se desarrollase el comercio, que estaba monopolizado por la liga hanseática en la Alemania del norte, aunque a fines del siglo XV sufrió la competencia del comercio inglés y el holandés, mientras que la gran vía comercial de la India pasaba por Alemania, llegando así especias y otros productos de oriente, teniendo uno de sus centros en Nuremberg.

También era importante la producción de materias primas: los mineros alemanes tuvieron fama, y las ciudades florecieron mientras que el campo había sido roturado para cultivar plantas tintóreas. Pero el aumento de la producción alemana (si consideramos los diversos estados agrupados) no había podido alcanzar al de otros países, como Inglaterra y Países Bajos. La población era todavía muy escasa y ninguna de las ciudades se pudo convertir en lo que Londres fue para Inglaterra.

La navegación costera y fluvial sí fue importante y al lado de los ríos y carreteras había un gran número de pequeñas ciudades que no tenían más influencia que en su comarca. La centralización política no se dio en Alemania, pues los príncipes aumentaron su poder a expensas del emperador, que lo fue en muchos casos nominalmente, de forma que Alemania fue excluido del comercio mundial.

Así las cosas las clases sociales se habían ido transformando; la alta nobleza mandaba sobre la pequeña, decretaba impuestos y negociaba empréstitos, resultando cada vez más pesada la carga tributaria sobre la población. Una gran parte de las ciudades estaban protegidas por sus privilegios y los que verdaderamente soportaban a los principados eran los campesinos. Incluso se dio un tráfico con los privilegios, que se anulaban después de vendidos para ser vendidos de nuevo, mientras que toda oposición era pretexto para incendios y saqueos. La justicia era también un negocio en la medida en que no estaba separada del poder político y se comportaba, frecuentemente, de forma venal.

La nobleza media, en el siglo XVI, había desaparecido y los caballeros decaían con rapidez, pues el desarrollo de la técnica militar con el uso de armas de fuego hizo que se impusiese la caballería pesada. Andando el tiempo las guerrillas seguidas del indispensable saqueo e incendio, los asaltos y los abusos de la aristocracia se hicieron peligrosos. Los nobles sujetos a vasallaje estaban en una situación peor que los independientes, mientras que el clero, cargado de riquezas, peleaba continuamente en las ciudades, era acreedor de mercaderes y exigía rescate a los prisioneros. La imprenta había acabado con el monopolio del clero para leer, y así surgieron los juristas, pero el número de clérigos creció por la atracción que ejercía la riqueza, no obstante lo cual el alto era el que verdaderamente la usufructuaba, mientras que el bajo clero vivía modestamente o incluso en la indigencia.

El clero superior empleó las torturas y la excomunión, la falsificación de documentos y la comercialización de las peregrinaciones. Contra esto se alzaría la ira popular, así como contra la nobleza ventripotente, dice Elgels. El clero inferior estaba en contacto con las masas y la influencia de los frailes era evidente, que comerciaron con reliquias y absoluciones y todos los años grandes sumas de dinero salían de Alemania camino de Roma, lo que veía la alta nobleza, que empleó mayor violencia a medida que sus apuros financieros se hicieron más apremiantes.

Las familias patricias acaparaban el trigo y practicaban la usura, así como se fueron haciendo con el usufructo de los montes municipales, establecieron peajes y portazgos, llevando a cabo frecuentísimas malversaciones y defraudaciones que la revolución de 1848 reveló. Los burgueses polemizaron violentamente contra las costumbres disolutas del clero, mientras que los plebeyos, en buena medida, estuvieron excluidos de la ciudadanía, aumentando en aquel tiempo el número de personas sin empleo, que engrosabas los ejércitos cuando era necesario.

Tanto los campesinos como los que no lo habían sido, el lumpemproletariado, los patricios, el alto clero y la nobleza participaron en la guerra campesina que se desató por razones sociales, aunque también religiosas y lógicamente en bandos distintos. Únicamente en Turingia, bajo la influencia de Münzer y en otros sitios por la acción de sus discípulos, la fracción plebeya fue arrastrada por la tempestad general, en cuyo origen estaba la opresión de los abajo por los de arriba.

La pesca y la caza pertenecían a los señores y estos se habían ido apropiando de casi todos los montes comunales, disponían de los campesinos y, en caso de rebeldía, les esperaba la tortura en forma de desorejamiento, la abscisión de narices, el vaciamiento de los ojos, la cortadura de dedos y manos. Este fue el caldo de cultivo para una gran revolución, social y religiosa, que prendió cuando un fraile agustino denunció los vicios del papado y de la Iglesia en general.


[1] “La guerra de los campesinos en Alemania” (la primera edición es de 1850).