miércoles, 19 de julio de 2017

Reservas indígenas en el norte de África



La gloria y mérito de la civilización romana contrastan, como en el caso de todos los imperios, con la miseria y el abuso contra los pueblos indígenas objeto de conquista y/o colonización. Como en los últimos siglos en Estados Unidos o en Sudáfrica, también Roma practicó una política de reservas indígenas como medio para pacificarles, dejándoles algunas tierras (no las más fértiles) pues los grupos nómadas y seminómadas más apartados de la costa mediterránea se oponían al expansionismo romano.

Antonio Chausa[1] ha hecho una recopilación de las muchas investigaciones que se han producido sobre este asunto. Los indígenas del actual Túnez y nordeste de Argelia se dedicaban al pastoreo e iban cambiando de hábitat según las estaciones del año. De lo que se trataba era de dominar los puntos de agua, y aquí es donde chocan los intereses de unos y otros. La lucha más fuerte se produjo en la zona oriental de la Mauritania romana y al suroeste de Numidia, ampliándose paulatinamente al conjunto del norte de África.

El pueblo más hostil a Roma eran los gétulos, que arrastraban a otros intentando formar confederaciones para oponerse a los legionarios. Junto a ellos destacan también los musulames y los garamantes. Los romanos llamaron al conjunto de todos ellos “mauri”, que debe de ser un nominativo plural, como en el caso de los keltoi o de los barbaroi. Lo que Roma consiguió fueron victorias parciales que no daban solución definitiva al problema, ya que los indígenas eran reacios a integrarse en las formas de vida romanas y para Roma, la zona era un granero fundamental cerealístico.

Así Roma estableció reservas con pueblos relativamente pacificados, teniendo su origen aquellas con Tiberio en la primera mitad del siglo I d. C. Tras la derrota sufrida por los musulames en el año 24, el emperador negoció con las tribus la posibilidad de cederles algunas tierras de pastoreo. Se trata de la primera reserva que será vigilada desde Ammaedara, un campamento de la Legión III Augusta, que permaneció en el norte de África durante más de dos siglos. En el año 75, Vespasiano trasladó el campamento militar a Theveste, mientras que Ammaedara pasó a ser colonia para veteranos del ejército. Con Tito (años 79-81) Theveste siguió como campamento militar pero con un contingente de la Legión en Lambesa, con lo que los historiadores han llegado a la conclusión de que Roma deseaba extenderse en dirección sur y se crean nuevas reservas para los suburbures y los nicives, forzándoles a la sedentarización.

Con Trajano (98-117) y Adriano (117-138) se da el apogeo colonizador de la forma que aquí explicamos, sobre todo en Numidia, creándose una colonia de veteranos: Thbursicu Numidarum, con la que linda la reserva para los nattabutes. Estos nativos podían conservar su organización en clanes, pero Roma creó un nuevo funcionario, el defensor citado en un epígrafe. Su función consistía en presentar a las autoridades romanas las quejas y peticiones de su pueblo, pero por encima de de los “defensores” estaban los praefecti gentium, documentados en fecha un poco anterior a Trajano. Algunos de estos prefectos habían nacido ya en África, como es el caso de Flavius Macer. Los prefectos hacían reclutas dentro de las tribus para integrar a los indígenas en las tropas auxiliares romanas.

Los emperadores Antoninos siguieron con esta política: reserva de Nybgenii que, creada con Tibernio, Trajano manda delimitar mejor. De la reserva de Tacapae se ha encontrado un hito donde se señalan los límites entre los tacapitanos y los nybgenios, pero han aparecido otros hitos de delimitación, e incluso algunas reservas limitaban con un fundo imperial. Con Adriano siguió esta labor asentando forzosamente a indígenas en Thala y Sufetula, siguiéndole Antonino Pío y Marco Aurelio, aunque ello no evitó nuevas revueltas de los que Roma llamó genéricamente “mauri”. 

(El mapa de arriba, anterior al asunto aquí tratado, permite ver la zona donde la política de reservas ha sido estudiada: en torno a Túnez y nordeste de Argelia actuales).



                            


[1] “Modelos de reservas indígenas en el África romana”.

martes, 18 de julio de 2017

Volúbilis y Cesárea

Arco de Volúbilis


Estas dos ciudades de época romana se encuentran, Volúbilis, en la antigua Mauritania Tingitana, habiendo sido un asentamiento libio púnico con anterioridad. En la Mauritania Cesárea se encuentra Cesárea, construida sobre la fenicia Iol y que hoy se identifica con Cherchel, en la costa argelina.

Volúbilis tuvo un primer momento de prosperidad en tiempos del rey Juba II, habiendo dado las excavaciones dos fases de época romana. En el nivel de Volúbilis I quizá solo fue una ciudad federada a Roma; más tarde, al alcanzar con el emperador Claudio el grado de municipio, se desarrolló el urbanismo que hoy nos ha quedado, con lujosas casas privadas. Entonces empezarían a llegar a la ciudad los “publican”, hombres de negocios que revolucionaron los sistemas de producción, comercialización y distribución de sus riquezas.

La ciudad estuvo rodeada por una muralla construida en el siglo II de nuestra era, con 500 metros de perímetro y 1,5 de espesor. Constaba de ocho puertas y 34 torres. Su centro fue el foro, que adquirió su forma definitiva en el siglo III (20 por 30 m.), rodeado de pórticos. Anteriormente este lugar estaba ocupado por dos templos de los que se han encontrado restos (Volúbilis I). Al este del foro se encuentra una basílica de cinco naves y al sur de esta basílica se encontraba el Capitolio, en el centro de una pequeña plaza que daba acceso a un templo, posiblemente hexástilo períptero sobre podio. También contaba en la zona central de la ciudad con unas termas y, al norte, al inicio de una vía porticada, un arco (de Caracalla y Julia Domna, madre del primero) donde había otras termas.

Constaba de un solo vano con cuatro columnas salientes en cada fachada y estaba adornado con medallones que representaban retratos de la familia imperial. Con este arco se iniciaba la avenida porticada, con casas donde se han conservado excelentes mosaicos y esculturas. El llamado palacio de Gordiano debió de ser la residencia del gobernador, iniciándose su construcción a principios del s. III y luego en etapas posteriores se modificó su aspecto: es un edificio suntuoso con termas propias y zonas ajardinadas.

Cesárea también tuvo un momento de esplendor con Juba II, habiendo dado las excavaciones una muralla de 7 km. de longitud, con puertas monumentales que fueron reconstruidas varias veces. En el centro el foro, cuyo definitivo trazado es de finales del s. II o principios del III. Cerca del foro se levantaron varias termas, contando la ciudad con un anfiteatro de finales del siglo II. Las llamadas termas occidentales son las más monumentales, con 115 or 70 metros, ocupando un área de más de 8.000 m2. Estaban construidas con mármoles y adornadas con mosaicos y estatuas.

En el área del foro había un teatro, construido a finales del s. I a. de C.: su cávea consta de 27 hileras y tenía una capacidad para más de seis mil espectadores. Más adelante fue convertido en anfiteatro, aunque hay otro en la parte oriental de la ciudad con unas dimensiones de las mayores del mundo romano (100 m. en el eje mayor y 44 en el menor, alcanzando una superficie de más de 4.000 m2.). A las afueras de la ciudad se construyó, entre los siglos II y III un circo.

Se han encontrado además restos de varios templos dedicados a Isis, Esculapio, Belona… cultos orientales que demuestran la mezcla cultural en la ciudad. También un monumental retrato de Augusto de acuerdo con el culto al emperador que en esta ciudad tuvo una importancia especial, pues quiso emular a la propia Roma.

Las termas de Cesárea tienen planta regular y simétrica, con una entrada por la que se accedía al frigidarium y, separado por una estancia, el caldarium. A los lados del frigidarium dos vestíbulos y otras estancias que demuestran la importancia de esta ciudad en sus momentos de mayor esplendor.

Estas ciudades, junto con otras del norte de África, vivían del trabajo en los campos que estaban dominados por ricos terratenientes, pero la mano de obra no era esclava (genreralmente). Los latifundistas arrendaban lotes de tierra a colonos libres: el saltus rodeaba a la villa del gran señor y, alrededor, las viviendas humildes de los colonos (circuncelliones). Estos colonos debían entregar un tercio de la producción al señor, antes de que llegase la gran crisis de los siglos III y IV, aquel abandonase la villa y la encomendase a intendentes o conductores, que se dieron a la rapiña y rompieron con la norma explicada, convirtiendo a los antiguos colonos en esclavos. Antes de esto la forma de vida contrastaba con la existente más al sur, donde dominaban las tribus nada o poco romanizadas. Los productos del campo fueron los cereales, las frutas, la vid y el olivo, mientras que del mar derivaban las industrias de salazones. Para mantener una rica agricultura se construyeron grandes pantanos y una red de canales y esclusas. 

(Fuente: "África romana", Pilar González Serrano).

lunes, 17 de julio de 2017

Los orígenes del Islam


El Islam, como cabe suponer, no fue una ruptura radical con respecto a la cultura de las tribus de Arabia, pese a lo cual se produjeron incontables guerras entre los partidarios y los enemigos del profeta. La lengua árabe utiliza frecuentemente el dual en gramática para asociar nombres de la misma naturaleza[1]: al-Furatani (los dos Éufrates) se refiere a los ríos Tigris y Éufrates; al-Qamarani (las dos lunas) se refiere a la luna y al sol; los Umarani se refiere a los dos primeros califas, Abu Bakr y Umar b. Jattab, al que algunos atribuyen estar presente en la revelación divina, pues intuyó algunos artículos que luego contendría el Corán: la obligación del velo y la amenaza de repudio, en ambos casos para las mujeres.
                             
Sin embargo no cabe duda de que se debe a Umar b. al-Jattab la implantación de la era de la hégira en una fecha cercana al año 637. De todas formas hubo unos años de confusión a la hora de fechar los acontecimientos pues los compañeros del profeta, si recordaban las fechas de los primeros hechos de su vida y de la de aquel, las conservarían de acuerdo con el calendario preislámico, luego “derogado por Dios”. A los dos primeros califas se debe la reglamentación de algunas ceremonias religiosas, la costumbre de hacer ofrendas a la Kaaba, el envío de dos medias lunas de oro conseguidas con el botín de al-Madain[2] (637), la delegación de los poderes judiciales en los cadíes y, quizá, la relegación de las mujeres a un segundo plano de la vida política, no obstante se sepa la actividad de Aísa contra Alí b. Tálib[3] que culminó en la batalla del Camello (656), al sureste del actual Irak, y la que en el siglo XIII llevó a cabo la reina de Egipto, Sachar al-Durr (solo dos mujeres musulmanas fueron reinas).

Una tradición asegura que el profeta prometió a diez de sus compañeros el Paraíso, “los albriciados”, uno de los cuales fue Alí, el cual ejecutaría a dos de aquellos después de la batalla del Camello. Otro fue Abd al-Rahman b. Awi, que al ver la dureza de la persecución coraixí (la tribu gobernante) contra los primeros musulmanes, emigró a Abisinia y regresó al lado de sus correligionarios, luchó en Badr (624, oeste de Arabia) y amasó una gran fortuna como comerciante. Otro fue Utmán, que al llegar al poder se lo entregó a los Omeya. Abu Kakr se inclinó por utilizar a los coraixíes neoconversos (al-Walid le dio el apoyo del clan majzumí).

Por su parte Abu Sufyán b. Harb fue el máximo enemigo del profeta, aunque más tarde abrazó el Islam, y así los Omeya empezaron a recuperar el poder perdido al tomar el profeta La Meca. Umar, dispuesto a conservar la independencia, apoyó la tradicional emigración de los yemeníes hacia Siria. Esta conducta se basaba en las enseñanzas del profeta: Umar mandó a este grupo a ocupar al-Sawad (sur de Irak), ofreciéndole la cuarta parte de las tierras que conquistaran, lo que era un uso preislámico. El Corán, sin embargo, establecía que el pago debía consistir en el quinto. En todo caso Umar recuperó estas tierras posteriormente.

Siria tenía en la época una buena estructura viaria de época bizantina y la capital administrativa era Damasco, un feudo omeya. Se fue formando así una estructura de provincias militarizadas que un siglo después sería implantada en España. En África, las fuerzas principales se establecieron en Fustat (hoy una parte de El Cairo) y en 654 se fundó Qayrawán, en la costa norte del actual Túnez. Antes, Umar había establecido dos ciudades frente a Persia: Basora y Kufa (esta, cerca del Èufrates, en el actual Irak). Se estaba formando así una estructura que era difícil de controlar centralizadamente desde Arabia, por lo que Umar se empleó en hacer más transitables los caminos que unían Medina con el resto del imperio en ciernes, en especial una carretera real que comunicaba Kufa y Basora con La Meca y Medina.

La conquista de Egipto no fue decisión del poder central, sino de la iniciativa privada de Amr b. al-As, lo que el califa no tuvo más remedio que reconocer. Los ejércitos conquistadores no tenían capacidad suficiente para incautarse de los bienes de los vencidos y Umar lo sabía, por tanto mantuvo en sus puestos a funcionarios bizantinos y sasánidas que siguieron llevando sus cuentas en griego y arameo. Umar decidía quien debía ser el obispo o dahaqin haciéndoles responsables ante el poder central árabe. A veces puso a su lado a interventores árabes, pero la moneda seguía siendo acuñada con los troqueles de los vencidos en los que figuraba la imagen del emperador o la cruz. Ni una ni otra cosa estaban prohibidas por el Corán y, poco a poco, esos interventores aprendieron cómo funcionaba un imperio.

Un punto discutido de la política de Umar es el conjunto de decisiones que tomó respecto de los dimmíes, cristianos, judios y sabeos (¿mazdeos?). En realidad Umar se basó en un hadiz que pone en boca del profeta, moribundo, estas palabras: Dos religiones no pueden convivir en Arabia. En consecuencia ordenó a los cristianos que vivían en Nachrán (sur de Arabia) que emigraran a Irak o Siria, y es curioso que la acusación –según ciertas tradiciones- contra los cristianos es que eran prestamistas y cobraban crecidos intereses por los capitales que dejaban (la usura estaba prohibida en el Corán). Lo cierto es que la marcha de los cristianos permitió a los endeudados no pagar los capitales que habían recibido, por lo que una vez más razones materiales se imponen a otro tipo de consideraciones.

A los judíos de Jaybar, que cultivaban la tierra en virtud de un acuerdo con el profeta, se les obligó a marchar hacia Transjordania. Esto no quiere decir que todos los cristianos y todos los judíos abandonasen Arabia; estas medidas solo se llevaron a cabo en el siglo VIII, y además existían tribus árabes cristianas como los bahra, los tanuj y los taglib, lo que contradice la posición de los exegetas posteriores, según los cuales árabe equivalía a ser musulmán. Como a los no musulmanes se les obligó a pagar un impuesto por no serlo, muchos optaron por emigrar, pero otros prefirieron quedarse.

En Persia, los residentes que tenían una religión distinta a la oficial, el mazdeísmo, pagaban un impuesto por cabeza (en arameo jaraba), pero cuando se produjo el asesinato de Umar[4] esto no estaba claramente definido.


[1] Por haber perdido la primera hoja no estoy en condiciones de señalar la obra en la que se basa este artículo.
[2] En el centro del actual Irak.
[3] Alí era en ese momento califa y Aísa viuda del profeta.
[4] Por un esclavo en la mezquita de Medina, 644.

sábado, 15 de julio de 2017

La jornada del foso toledana



Imagen tomada de http://istopiahistoria.blogspot.com.es/2015/05/la-masacre-de-la-jornada-del-foso.htm

Allah al-Humari fue un historiador nacido en Damasco que vivió en la primera mitad del siglo XIV y, siguiendo fuentes anteriores a su época, nos ha dejado una versión de la jornada del foso, matanza de toledanos (mozárabes, muladíes, beréberes…) en el siglo VIII, uno de tantos episodios de levantamientos y represión de las minorías religiosas y étnicas durante la existencia de al-Ándalus.

Toledo, según relata María Crego Gómez[1], se consideraba inexpugnable en la época, al tiempo que siempre había sido foco de discordias entre dominantes y dominadores. Allah al-Humari incurre en una exageración posiblemente intencionada para acentuar aquella inexpugnabilidad, pues dice que la anchura del Tajo era la misma que la del Nilo.

Los emires de al-Andalus intentaron colmar de favores a los habitantes de Toledo unas veces, otras reprimiéndoles, hasta que los ulemas emitieron una fetua favorable a combatirlos y matar a quien se pusiese por delante. Era entonces gobernador de Toledo un muladí, Amrus b. Yusuf, que jugó un papel fundamental en la matanza del foso. En primer lugar –seguimos al autor de Damasco- mandó construir una fortaleza en un monte de Toledo donde instaló su palacio y se hizo rodear de su tropa, luego envió aviso al emir para que aprovechase la comitiva de su hijo, Abd al-Rahman, que podría dirigirse a combatir en la marca superior (en torno a Zaragoza).

Al pasar por las proximidades de Toledo el hijo del emir fue visitado por una delegación del gobernador para invitarle, junto a su séquito, a un festín en la fortaleza. Aunque en un principio el príncipe rehusó, luego aceptó gustoso, y una vez en la dicha fortaleza toledana, fueron invitados también los habitantes de Toledo, cristianos de uno u otro origen, beréberes, etc. Confiados estos, se vieron sorprendidos cuando las tropas del gobernador empezaron a sablazos, mazazos y puñaladas; luego los arrojaron al foso que allí había. Abd al-Rahman siguió haciendo lo mismo con los que iban llegando, ignorantes todavía de la suerte que habían corrido los que le precedieron.

Entre los que quedaban hubo uno que desconfió y advirtió a los demás: “¿Qué les ha ocurrido a los nuestros? ¿Cómo es que veo que la gente va pero luego no regresa? ¿Acaso alguno de nosotros se ha encontrado con alguien que haya salido y le ha oído hablar de este banquete y de los agasajos recibidos por los asistentes?”. Luego levantó la cabeza y vio una enorme emanación de sangre: “Avergonzaos, toledanos” –dijo- “la espada ha sacado hoy buen provecho de todos vosotros. Habéis caído sobre ella como caen las moscas en la miel o las mariposas en el fuego. ¡Desgraciados, mirad al cielo!” y añadió: “¡Maldita sea! Se trata de vapor de sangre y no del de la comida, pues esto es de color rojo y el de la comida tiene color azul”. Luego puso al galope a su caballo y escapó, siguiéndole los demás mientras que los soldados del gobernador cargaban contra ellos con sus espadas, “que resplandecían como un relámpago centelleante, hasta el punto de que, desde entonces, Abd al-Rahman sufrió de estrabismo en los ojos”.




[1] “La jornada del foso de Toledo según…”, 2007.

Morir en al-Ándalus


Plano de la Murcia islámica con la situación de sus cementerios (tomado de "España en su Historia": http://espanaysuhistoria-garrot.blogspot.com.es/2012/05/ciudades-de-al-andalus-y-iii.html)
El presente artículo se basa en la obra “Los rituales de enterramiento islámicos en al-Ándalus…”, cuya autora es María Chávet Lozoya, tesis doctoral (2015).

Cuando la persona se esté muriendo se le ha de susurrar “no hay más Dios que Allah” y se volverá el cuerpo del agonizante hacia la quibla, cerrándole los ojos cuando expire. El conjunto de estos rituales se contemplan en el hadiz, o conjunto de conversaciones que Muhamad tuvo con sus contemporáneos, así como las personas que le sucedieron entre las autoridades del Islam. Si el agonizante musita aquella frase no deberá decir nada distinto con posterioridad, porque de ser así habría que repetirla para que fuese lo último que oyese o dijese en vida. Tampoco se debe volver al agonizante hacia el lugar sagrado antes de que se le cierren los ojos porque se supone que no va a volver a abrirlos. Quien e encargue de esto debe ser la persona que más cariño le haya demostrado en vida; luego se le atará la mandíbula y se eliminará suavemente la rigidez de sus miembros, se le elevará del suelo, se le cubrirá con una tela y se colocará algo pesado sobre el vientre para que no se hinche.

El moribundo podrá quejarse de su enfermedad, pero sin llegar a un estado de ira y angustia que suponga rechazo a la voluntad de Dios. La tela que cubra al agonizante debe estar limpia, pues los ángeles están presentes. En la agonía no debe acercase nadie que esté menstruando o en estado de impureza, pues “lo ángeles no entran en la casa donde hay una persona menstruando” y algunos ulemas recomendaban que se recitasen al agonizante algunas suras o partes del Corán, porque ello apacigua la muerte.

Entre los familiares, amigos y presentes son reprobables las muestras de dolor exageradas, lo que se hacía antes el Islam y “si la que grita en sus lamentaciones no se retracta y se arrepiente antes de morir, llegará el Día del Juicio y tendrá una camisa de alquitrán que le quemará la piel…”. Se debe perfumar el cadáver pues “los ángeles aman el perfume” y la gente piadosa que se encuentre rodeando al fallecido deben hacer abundantes ruegos por él. Según algunas tradiciones la tumba debía ser “amplia y luminosa”.

El cadáver debe ser purificado con una solución de agua con manojos de hierbas de alcanfor, hojas de parra o níspero. El lavado se hará en numero impar: una, tres… hasta siete veces si fuese necesario comenzando por el lado derecho del difunto, lo que será realizado por hombres si el fallecido es un hombre. El cuerpo muerto de una mujer puede ser purificado por un hombre (y viceversa) siempre que no exista parentesco prohibido. En época nazarí la purificación solía hacerse por mujeres y hombres conjuntamente. Si no se dispusiese más que de un lienzo este debía cubrir la cabeza del difunto antes que los pies, dejando el cuerpo orientado a la quibla.

Los fieles muerte durante un enfrentamiento bélico por la defensa del Islam no tenían que ser lavados ritualmente, y eran enterrados con las heridas y sangre que cubrían su cuerpo. Tampoco cualquier otro tipo de mártir… Si el difunto es una mujer debe peinarse su pelo formando tres trenzas, una de las cuales sobre la frente y las otras dos a los lados de la cabeza. “A quien lave a un difunto cubriendo los posibles defectos que hubiera visto de él” será recompensado. En todo caso no se cortarán las uñas al difunto ni se le rasurará el pelo, pero si se hiciese esto, uñas y pelo deben ser enterradas con él. Si el amortajamiento se realizase en un lugar donde no hubiese agua, se sustituirá la ablución por el tayammum, rito por el que se ponen las palmas de las manos del difunto sobre la tierra y luego se pasan dichas manos por la frente del mismo y por el dorso de las manos.

No existía inconveniente en que un cónyuge lavase al oto y “cuando una mujer muere estando de viaje sin que haya con ella otras mujeres”, que un hombre le practique el tayammum. Si el difunto era un hombre, que sean las mujeres las que le practiquen el tayammum… si estuviese presente una mujer con la que el difunto no se hubiese podido casar, que esta lo lave cubriendo sus desnudeces… e igualmente en el caso contrario. Se puso en boca del profeta la siguiente frase: Lavadlo con agua y sidr (hojas de loto) y amortajadlo con dos telas y no le pongáis ningún ungüento ni cubráis su cabeza, pues será resucitado el día del levantamiento diciendo la talbiya (expresión con la que se entra en estado de inviolabilidad).

En el traslado al cementerio solo les estaba permitido a las mujeres con grado directo de parentesco, procurando que el cadáver siempre fuese orientado y precedido por los personajes más instruidos y piadosos de la comunidad. En todo caso la comitiva debía caminar delante del cadáver, pues hacerlo detrás “está contra la sunna”. Pero si los que acompañan al cadáver montan o cabalgan deben ir por detrás del cuerpo. Al cadáver lo cargarán hombres sobre su hombros, y si alguien, al paso de la comitiva fúnebre, estuviese presente, debe levantarse hasta que aquella pase.
                                                        
La fosa donde se ha de enterrar al difunto debe de estar excavada en un lateral, pero había diversos tipos de fosas. Una tumba tenía espacios definidos; según La Risala[1] la posición del inhumado en la tumba debe de ser, bien sobre su lado derecho orientado al este, bien tumbado sobre su espalda con el rostro orientado al este. Tras la batalla de Ohod[2] se legitimó la posibilidad de enterrar a dos o más personas en la misma tumba.


[1] Un tratado de creencias y derecho musulmán.
[2] Al noroeste de Arabia, en el siglo VII, cuando aún los árabes estaban divididos entre los seguidores de Muhamad y los partidarios de los ídolos preislámicos.


jueves, 13 de julio de 2017

La comarca del Zenete y la conquista musulmana



Para ciertas fuentes árabes, la conquista de Hispania por parte de los musulmanes no fue consecuencia de la debilidad del reino godo ni de ciertas traiciones, sino del mérito de los ejércitos musulmanes. Así lo explica Hany Arod en su obra “De Siria a al-Andalus…”[1]. Pero sabemos que el expansionismo árabe no estuvo exento de dificultades, la primera de las cuales representada por el poderoso imperio Bizantino. También se opusieron con fuerza las tribus beréberes, que vencieron a los árabes en varias batallas antes de sumarse a ellos en torno al año 700. No obstante los árabes tuvieron que reconocer a los beréberes su organización tribal, pues aquellos carecían de potencial demográfico para ocupar territorios tan lejanos de Arabia y Siria.

Ya en el primer momento de la invasión entraron en Hispania buen número de beréberes, pero se fueron asentando de forma separada de los territorios ocupados por los árabes. La única coincidencia inicial fue la región toledana, pues tanto el ejército árabe como el beréber pasaron por allí. Una parte de la historiografía –dice el autor al que sigo- sostiene que los modelos de poblamiento fueron los tradicionales de cada etnia: los beréberes crearon un hábitat rural disperso; los árabes se concentraron en núcleos urbanos y en zonas de mayor riqueza.

Los beréberes se asentaron en el oeste de la península, parte de La Mancha, la meseta norte, el sistema Ibérico y la región levantina, a grandes rasgos, pero también en el prepirineo oriental y en una franja central de Andalucía. Los árabes en la mayor parte de Andalucía, la parte central de la meseta norte, una pequeña región de Extremadura, en la tierra de Toledo, la zona costera del norte de Cataluña y en el valle del Ebro. Los beréberes se organizaron de manera autárquica en pequeñas tribus o clanes que presentaron una gran resistencia ante el centralismo árabe.

Pero más allá de la división étnica también hubo divisiones dentro de cada una de las comunidades citadas o frente a comunidades cristianas y judías. Los beréberes no han dejado huella en la toponimia o en las fuentes escritas, por lo que seguir su rastro es más difícil que en el caso de los árabes.

El período de dominación beréber sobre Andalucía duró poco, pues en el año 712 Musa cruzó el estrecho y se hizo con el mando y con el botín en el encuentro de Almaraz (al este de la actual provincia de Cáceres). Entonces comenzó la construcción de mezquitas mientras que el sucesor de Musa, Abd al-Aziz, se empleará en la pacificación de ciudades como Sevilla, Beja y Niebla.

Fue entonces cuando el estado (Damasco) quiso hacerse dueño del botín, en lo que encontraría serias dificultades por la lejanía (dos meses por mar entre la capital y al-Andalus) y así estará la península al margen de las autoridades califales durante unas tres décadas. Cuando Damasco envía al primer gobernador a al-Andalus, sitúa la capital en Sevilla y se tiene que enfrentar a los levantamientos muqatila. El segundo gobernador tomó la decisión de suprimir las prestaciones forzosas de los campesinos, lo que quizá sea indicativo de que eran muy abusivas. Pero la autoridad califal seguirá siendo discutida, lo que quiere decir que una cosa es el reconocimiento nominal a la máxima autoridad y otra la oportunidad de botín aprovechando la lejanía.

La comarca del Zenete se encuentra en la actual provincia de Granada, lindando con la de Almería, en la cara norte de Sierra Nevada y hasta las estribaciones de la Sierra de Baza. Algunos de sus pueblos son el resultado de repoblaciones con habitantes procedentes de Galicia (Ferreira, Lanteira) y otros tienen topónimos claramente árabes (Aldeire, Alquife); otros son Huéneja, Dólar, La Calahorra y Jerez del Marquesado.

La comarca se caracteriza por la irregularidad del relieve, con alturas entre 1.000 y 3.000 metros mientras que, entre ellas, se encuentra la fértil penillanura del valle del Zalabí. Los suelos son pobres, por lo que los musulmanes aquí instalados tuvieron que poner todo su ingenio en las técnicas del regadío, pero donde la riqueza se manifestó mejor fue en la ganadería y en la minería (hierro, cobre y plata).

Se da una gran amplitud térmica anual (hasta 20º C) debido a la altura y a la continentalidad. Por encima de los 2.000 metros se registran precipitaciones anuales de 700 mm., pero en la zona occidental se alcanzan los 1.600. Según la zona las precipitaciones alcanzan su máximo en el invierno, en un 30% en forma de nieve, o en primavera, lo que quiere decir que el clima mediterráneo también está presente aquí.  

La red hidrográfica cuenta con arroyos y ramblas pero también con ríos: Guadix, Fardes, Guadiana Menor, Gobernador y Nacimiento. Gracias a estos ríos se suple el agua necesaria en una región seca. También hay un gran acuífero formado por la filtración de las ramblas de Dólar y Ferreira. Así se pueden encontrar pastizales y piornales[2], pero también vegetación arbórea. No faltaban, en época musulmana, los encinares, propios del clima mediterráneo, árboles resistentes a la sequedad y a temperaturas extremas. También había bosques de robles en zonas de humedad relativa alta, cerezos silvestres, arces, serbales[3] y avellanos.

Las laderas de las montañas fueron abancaladas e irrigadas desde la dominación musulmana, mientras que en otras zonas se encontraban coníferas que hoy, como otras especies, han sido afectadas por la deforestación. Los abundantes recursos hídricos han permitido, ya en época musulmana, la construcción re infraestructuras como acequias, aljibes y balsas, lo que ha permitido el cultivo del cereal conforme se penetra en el llano.

Cuando los ejércitos cristianos de los Reyes Católicos tomaron el reino de Granada, donaron el Zenete a Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo, formándose así el marquesado del mismo nombre.






[1] Tesis doctoral, 2015. En esta obra está basado el presente artículo.
[2] Arbusto muy ramificado cuya altura puede alcanzar hasta los 3 metros.
[3] Árbol de la familia de las rosáceas.

lunes, 10 de julio de 2017

Asturias entre el imperio y los godos




Tablero de cancel de Lucus Asturum
José Antonio Gutiérrez González y otros consideran que Asturias estuvo plenamente integrada en la organización administrativa romana, aunque es posible, como señaló Sánchez Albornoz, que los indígenas que vivían en los valles más encajados y apartados de los principales núcleos de población, escapasen a la influencia romana e incluso goda. Hoy se dispone de muchos datos sobe el Gijón romano, Veranes[1], Puelles[2], Memorana[3], Andallón[4], Paraxuga[5] y Rodiles[6], entre otros lugares.

Astures, lugones y pésicos, indígenas transmontanos, quedaron encuadrados en los territorios administrativos de Noega (civitas), Lucus Asturum, Flavionavia, Paelontium y Paesocorum (civitas). Ninguno de estos centros eran núcleos urbanos compactos, mientras que pervivían algunos castros como los de Coaña, San Chuis y Chao Samartín en la zona lucense y la civitas de Vadinia entre los cántabros vadinienses. En época bajoimperial el único núcleo urbano de cierta importancia era Gijón, como lo demuestra el recinto amurallado, las termas y una factoría de salazones. Se han encontrado de esta época cerámicas y una red de villae (Veranes, Beloño[7], Tremañes[8], Jove…).

Hoy se sabe que las defensas del Homón de Faro[9], en la vía de la Carisa, y el Muro de la vía de la Mesa[10] son de época altomedieval. El primero pudo construirse, según algunos, sobre alguna otra construcción anterior para defenderse el rey Wamba de una rebelión nobiliaria. J. Uría ha señalado que el Muro de la vía de la Mesa consta de foso, “caballete térreo, restos de un foro mural externo” que corta perpendicularmente el plano de las cumbres a lo largo de unos 120 metros y por encima de los 1.600 de altura sobre el nivel del mar.

En Gijón se han encontrado cerámicas hecha fuera, tanto mediterránea (terra sigillata africana, focense, un ánfora de Cartago) como atlántica (terra sigillata gris gálica) y otras cerámicas de fabricación regional. Gijón fue, en esta época, un centro comercial de calidad y largo alcance, donde también hubo producción metalúrgica.

Lucus Asturum cuenta –según José Avelino Gutiérrez González[11]- con documentación arqueológica muy parcial: objetos metálicos, un mosaico y quizá unas termas. La mansio de Luco Astorum ha dado un tablero de cancel con talla plana donde se representan dos cuadrúpedos afrontados ante un árbol esquematizado, motivo que ser verá en siglos posteriores en otras manifestaciones artísticas. Algo parecido se puede decir de Flavionavia, la cual aún no está localizada aunque se supone que estuvo en el bajo curso del Nalón. Pravia, por su parte floreció en el siglo VIII, al desplazar aquí la sede regia Silo.

El núcleo vadiniense, con posible vicus viario entre Cangas de Onís y Corao, muestra cierta vitalidad hasta el siglo V, hasta que en el VIII se convierta en el primer centro de poder astur. A partir del siglo VII desaparecen algunos de los indicadores arqueológicos anteriores, como cerámicas, mientras que la producción local se impone.

Se han estudiado algunos asentamientos rurales en llanura: villae, vici, casae…, además de algunos castros que se distinguen de las los anteriores por el régimen de propiedad. En el occidente la actividad minero mantuvo algunos castros como es el caso de Coaña, mientras que las villas más importantes –en el conjunto de Asturias- serían las de Veranes, Beloño, Puelles y Memorana. El autor citado señala también edificios rurales de cierta monumentalidad, pero que no podrían considerarse villas: La Isla, Murias de Ponte, Pumarín, Serín… Un caso aparte es Valduno, en la vega del Nalón, al contar con balnea.

Estas villas fueron reconvertidas con el andar del tiempo en áreas de producción agropecuaria más que en lugares residenciales. La parte señorial fue reutilizada para fraguas, hornos, silos y lagares. Las zonas que ocupaban las termas, la entrada señorial (oecus), el tablinum[12] o los ninfeos, fueron transformados en zonas culturales y funerarias, como mausoleos, iglesias y necrópolis.

Se han estudiado otros asentamientos como los castella u oppida: el de Curiel (en Peñaferruz, Gijón), que habría correspondido a los siglos VIII al X. Castros que conservaron su función residencial y defensiva, así como torres en la antigüedad tardía completan este apretado panorama.



[1] Es una villa romana cercana a Gijón, excavada y abierta el público.
[2] En Valdediós, Villaviciosa.
[3] Villa romana (cerca de Pola de Lena) donde se encontró un mosaico en 1921 que hoy se encuentra en el Museo Arqueológico de Asturias.
[4] En el municipio de Las Regueras, centro de Asturias.
[5] Fuente de época romana en Oviedo.
[6] En el centro de Asturias.
[7] Junto a Gijón.
[8] Barrio de Gijón.
[9] Entre los municipios de Aller y Lena.
[10] Entre Somiedo y Teverga.
[11] “Arqueología tardoantigua en Asturias…”.
[12] Sala en uno de los lados del peristilo, a veces entre este el impluvium.

domingo, 9 de julio de 2017

Las "motillas" de La Mancha



Motilla de El Azuer

Son varios los investigadores que se han ocupado de las “motillas, morras y castillejos” que, entre los últimos siglos del III milenio y buena parte del II a. de C. se construyeron en La Mancha, pero el trabajo de Luis Benítez de Lugo y Miguel Mejías es al que me voy a referir aquí [1]. Sostienen los autores que se trata del más antiguo sistema de captación de agua subterránea del occidente europeo. La red de pozos en la que consistieron las “motillas” pudo estar relacionada con una crisis climática que hizo desaparecer las aguas superficiales, el evento climático 4.2 ka, que dio comienzo en los últimos siglos del III milenio a. de C. Las motillas son tells similares a túmulos funerarios.

¿Lo que antes fueron pocos excavados en la roca para alcanzar la capa freática, se convirtieron luego en lugares sagrados donde enterrar a los muertos, dadas las fortificaciones laberínticas de que constan? Lo que está claro es que son asentamientos en zonas llanas, pues alrededor del túmulo o pozo habría cabañas donde se asentó la población. Estas motillas coexistieron en La Mancha con poblados en altura, campos de silos, cuevas y monumentos funerarios. Un caso de yacimiento en altura es de La Encantada (Granátula de Calatrava, Ciudad Real).

La motilla de El Acequión, dentro de la laguna homónima (municipio de Albacete) es la más oriental de todas las conocidas. Estas edificaciones se hallan estrechamente vinculadas con las características hidrogeológicas de La Mancha, es decir, allí donde había acuíferos. Al menos en el caso de El Azuer el pozo excavado podría tener la profundidad suficiente para alcanzar la roca caliza (al menos 20 metros). Otras motillas son La Albuera, del Cura, de las Cañas, que se encuentran en una cota aproximada de 607 metros sobre el nivel del mar. En los dos últimos casos citados solo hubo que excavar 3 ó 4 metros desde la superficie para alcanzar el nivel freático. En La Máquina y Zuacorta, 2 ó 3 metros.

Un caso bien estudiado es el de la motilla de El Azuer, a unos 625 m. sobre el nivel del mar. Para llegar al agua subterránea los prehistóricos (entre el Calcolítico y el Bronce) atravesaron arcillas y limos del cuaternario, gravas, arcillas, margas y calizas del terciario.

En la segunda mitad del III milenio a. de C. se vivió en la meseta un prolongado período seco, el evento climático citado que es de los más notables en la península Ibérica y que ha sido puesto en relación con las motillas. En Castillejo del Bonete (Terrinches, Ciudad Real) se ha descubierto un conjunto tubular (en la actualidad dos túmulos) el mayor de ellos sobre una cueva natural que contiene arte rupestre, corredores de comunicación ente los túmulos, uno de ellos con orientación al solsticio de invierno. Los restos encontrados son cerámicas, restos humanos, botones de marfil, adornos personales, colgantes elaborados con conchas marinas, cuentas de variscita[2], otras de madera o hueso, cazoletas… Es posible afirmar –dicen los autores citados- que Castillejo fue un lugar funerario dotado con una alta carga simbólica y ritual.

La existencia de enterramientos en el interior de las motillas (135 difuntos en el caso de El Azuer) no permite, sin embargo, asegurar que alrededor de las motillas se extendieron áreas residenciales. Cuando un clima más lluvioso hace aflorar las aguas superficiales, la cultura de las motillas va desapareciendo…


[1] “La prehistórica cultura de las motillas: nuevas propuestas para un viejo problema”, 2015.
[2] Mineral verdoso con irisaciones.