viernes, 12 de octubre de 2012

El asedio de Zaragoza

Zaragoza a principios del siglo XIX
Entre varios meses de 1808 y 1809 se dió el asedio del ejército francés a la ciudad de Zaragoza. J. Mrozinski nos ha dejado una profunda impresión de lo que fueron aquellos episodios: 

Un ejército de ochenta mil soldados tuvo que retirarse de todas partes. ¿Por que? Porque se levantó la nación. Es un gran acontecimiento que ocurre muy raras veces. Pocas naciones son capaces de llevarlo a cabo, aunque muchas presumen de ello (1).

Los soldados polacos habían sido reclutados para luchar en España por el ejército napoleónico. No era su lucha, pero estaban obligados a ello, salvo sus generales, que estarían dispuestos a mejorar su consideración profesional. Frente a ellos y el resto del ejército francés resistió el pueblo de Zaragoza, como tantas veces se ha dicho, heroicamente: 

El elevado carácter de los habitantes de Zaragoza que mostraron durante el asedio, es una de las más bellas imágenes que ha representado la historia de las naciones desde los tiempos del cerco de Sagunto y Numancia. Por el otro lado, vemos en un país ajeno a un ejército poco numeroso, que lucha contra el hambre y toda la población de varias provincias, y que finalmente viene a través de esfuerzos y sacrificios extraordinarios, unidos a una destreza no conocida por sus enemigos, a rodear, cercar y finalmente conquistar la fortificada ciudad, defendida por destacamentos mucho más numerosos y con un inaudito encarnizamiento... Ya faltaba la tierra para enterrar a los cadáveres, cavaban fosos en las calles y en los patios, los transportaban allí desde las puertas de las iglesias, adonde familias tenían la obligación de depositarlos. Delante de cada iglesia yacían amontonados los cadáveres envueltos solo en sábanas, frecuentemente despedazados y desparramados por las bombas, causaban una imagen más horrible. Los asediadores ya estaban en la ciudad, los zaragozanos no tenían ninguna esperanza de recibir socorro. Las balas de cañones quebrantaban barreras de defensas; (los asediadores) ya estaban colocando minas debajo de las casas, las bombas llegaban a las partes más lejanas de la ciudad y la peste más horrible se propagaba en estos refugios, donde la destrucción de la guerra no había podido llegar todavía; y sin embargo los zaragozanos seguían siendo inquebrantables. Aquel estado lamentable no solo no doblegaba sus mentes, sino fortalecía el encarnizamiento y la desesperación de estos inquebrantables ciudadanos; no tenían duda de que iban a caer, pero se iban acostumbrando más a la muerte, que a la imagen de la subyugación al extranjero. Juraron enterrarse debajo de las ruinas de la ciudad; rechazaron todas las propuestas de capitulación.

Entre las memorias de los soldados polacos que participaron en el sitio de Zaragoza -dice Grzegorz Bak- destacan Henryk Brandt y Jósef Mrozinski, nacido este en Galitzia y alistado en la Legión Polaco-Italiana, que luego sería la Legión del Vístula; en España luchó entre Zaragoza y Sagunto y luego continuó su carrera militar en el reino de Polonia. Henryk Brandt era hijo de un funcionario alemán y en 1806 sirvió en el ejército de Prusia. En 1808 pasó a la Legión del Vístula  y en España pasó cuatro años combatiendo en Zaragoza, Tortosa y Valencia. Luego participó en la campaña rusa y desde 1815 sirvió en el reino de Polonia.

Mrozinski nos dice en otro momento: Así el fervor de los zaragozanos crecía cada día. Se veía que actuaban hombres a los cuales, sin distinción de la vocación ni el estado, dominaban con igual fuerza las mismas ideas: estas eran la religión y el inquebrantable deseo de la independencia... No la firme decisión del comandante, ni el rechazo a todas las propuestas de capitulación, ni siquiera aquellos enormes sacrificios que ha sufrido Zaragoza, constituyen el rasgo particular de esta extraordinaria defensa; lo constituye la firme decisión de cada uno de los habitantes de la ciudad, el voluntario sacrificio de todos ellos. 

Y cuando llega el momento de la capitulación: En este silencio de cementerio se asomaban (los zaragozanos), se acercaban con una curiosidad espantosa a sus vencedores, esforzando su vista, que se apagaba, algunos caían e inmediatamente morían. Durante los cincuenta y dos días de este extraordinario asedio en la ciudad perdieron la vida cincuenta y cuatro mil personas, de diferentes edades y sexos, es decir, dos terceras partes de los militares y la mitad de los habitantes civiles, y también de los que se habían refugiado en la ciudad, pero provenían de otras partes. El día de la capitulación delante de las iglesias, en los fosos y en las calles de la ciudad yacían seis mil cadáveres, no enterrados aún. El aire contaminado mataba a los que habían sobrevivido. Parecía que pronto todos irían detrás de aquellos a los que no tenían fuerzas de enterrar. 

Seis años después de la capitulación de Zaragoza, vencido el ejército napoleónico, regresaba de su cautiverio el rey Fernando VII. No debió reparar en el sufrimiento de su pueblo, no debió preguntar que había sido de aquellas viudas, de aquellos huérfanos, de aquellos inválidos que poblaban los campos y los pueblos de España. Con una camarilla y con un ejército incapaz de actuar unido, declaró el absolutismo, reinó seis años tiránicamente y luego vuelta a empezar. Aquellos que morían lo hacían por su religión (esto ha quedado demostrado por la historiografía), por su independencia (también), pero otros luchaban por ser libres de la tiranía interior, por librarse de la opresión de sus señores... Para estos no hubo, por el momento, reconocimiento. 
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(1) Grzegorz Bak, "El asedio de Zaragoza... a los ojos de los soldados polacos", 2002.

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